En la Estrella, Cuantas veces en la punta de un cuchillo, se confrontaron derechos, razones y también las sin razones. Solo pasan esas cosas cuando el atropello resulta una postura, la del guapo, que por ese instinto pendenciero que busca y busca la pelea y acaso la muerte, si cuadra; lo que hace que el tipo después de muchas compadradas haya sacado chapa de malo; la del que se creé que todo es por su coraje. Pereciera que no hay ley que lo limite. Pero todos saben que el juego, es por amparo de los poderosos, y por la guita de ellos; que puede hacer lo que les venga en ganas, sin que medie otra causa o motivo que atropellar para imponer su presencia, su jefatura; el estar bajo el cobijo de algún caudillo político garantiza el orden mandado. Sin estas condiciones, resultará imposible que un hombre sobreviva, sólo por audacia, a una persecución permanente. Vale la pena advertir que para no confundir y, juzgar con la misma vara, al hombre que no tiene más remedio que tomar un arma para defenderse de injusticias personales o de las otras, del que viene a imponer un orden que no es el suyo y si de los que mandan. También es cierto que veces a esos tauras de cotillón, se los ha visto recular indignamente, en cualquier entrevero, si es que no cuentan su patota a mano, o en última instancia a la milicada, que siempre está al servicio de los que mandan. De los que mandad de verdad. Fue allá por el centro norte de la provincia en que un hombre vivía en paz con su familia, andaba por la tierra de Lobos, tierra de coraje, pero él todavía no sabía lo que el destino le tenía preparado, ni tampoco se hubiera imaginado; desde muy joven se dedicó al trabajo, tenía 30 años, siendo muy gaucho, tuvo casa, tierra, comprada con esfuerzo, algunas vacas y también se supo dedicar a la agricultura. Muy en boga en aquellos días, en los que se iba dejando atrás la cuestión ganadera, para hacer lugar a agricultura. Sembró trigo, aportó sin saberlo a lo que después llamarán el “granero del Mundo”. Se casó o como en la época, formó su hogar con Vicenta Santillán, la mujer más hermosa del pago según las mentas; para festejar el arrime, -Moreira organizó una fiesta, porque ese es el apellido, Moreira- en su casa y cuando comenzaban los festejos se apersonó Don Francisco, a la postre autoridad militar de la zona; de cuyo apellido no hay acuerdo, pero si se sabe, que el hombre sentía cierto encanto o enamoramiento por doña Vicenta, la recién desposada; y como no había autorización para hacer la fiesta, u otro justificativo para fastidiar, debieron pagar una multa, que el jefe del distrito les impusiera, no fue sencilla la discusión. Posteriormente, nuestro hombre, como es uso y costumbre en la época, le da 10000 patacones al pulpero genovés Sardetti, en préstamo. Por algún acuerdo entre ambos. Cuando fue a solicitar la devolución del dinero le fue negada y como no tenía ningún comprobante alguno, el genovés se lo negó, y nuevamente Don Francisco, milico y caudillo con uniforme del Estado, terció. Juan le prometió una puñalada por cada mil pesos y cumplió, el Gringo se encontró con 10 puñaladas. Una por cada mil. Allí comienza derrotero de una vida de huidas permanentes. Pero claro es que la política y los politiqueros no tardarían en hacerse presentes en la vida de Moreira, allí apareció el Dr. Marañon, hombre del Adolfo Alsina, fundador del Partido Autonomista de la provincia de Buenos Aires, con el que va a confrontar muy parejo contra de los nacionales encabezados por Mitre. La provincia es una zona en disputa. Don Bartolo después de la “batalla La Verde”, ha quedado con muy poco prestigio, y además después de su redición, es un fantasma, que solo tiene vida en su diario. Marañón y Alsina requerían de Moreira servicios muy específicos, básicamente controlar a los opositores y tenerlos a raya. Moreira esperaba ansiosamente que la primer promesa le fuera cumplida; la de lavar su nombre, para que de esa manera algún día pudiera volver a su vida normal. Vida que había perdido irremediablemente. Jamás pudo concretar aquel ese anhelo. Entre Lobos, saladillo, Mercedes, Roque Pérez, transcurría su vida acompañado por cacique, el perro que le regalara precisamente Vicenta, su primera compañía y la de su caballo un ovejero bayo, que le regaló Alsina, junto a una daga. aquella que, cual ordinario facón, supo llevar a sus espaldas, cruzado en su cintura; siempre pronta para entrar en acción, sin que sus grandes dimensiones así lo impidiesen (¡la hoja medía de 63cm de largo!), ni tampoco su delicada empuñadura de plata cincelada. Si hasta fue capaz de reemplazar su original gavilán en forma de S -chapa transversal a la hoja- por otro en forma de U, cosa que detuviese mejor los embistes de los hachazos enemigos. Las menesundas políticas llegan a acuerdos, los autonomistas son derrotados y el destino de los mismos es aciago; a Moreira solo le queda pelear por su vida, ahora sin más cobertura que su caballo, su perro y la daga, para enfrentar lo que sea. Y lo que sea es la muerte que lo persigue con uniforme. La orden del gobernador Mariano Acosta es precisa y no deja lugar a dudas, “hay que terminar con los gauchos levantiscos”. Allí sale la milicada a la caza del hombre, saben y temen que no ha de ser fácil, pero son muchos y se dan ánimos. Alguien delata la parada, el lugar donde se encuentra Moreira; la tortura es un recurso permanente y efectivo. Todo el mundo termina cantando y el más allegado a Juan, canta. Es casi increíble que alguien que ha conocido tan de cerca la muerte pueda creer en la promesa de que le perdonan la vida, si habla. Y la muerte le llegó con sus últimas palabras: La Estrella. Dijo y dos estampidos se oyeron y sellaron para siempre el destino del delator. Allí, en ese deambular hacia la muerte, Moreira, va a caer en los brazos de Laura, una hermosa mujer, su preferida, quizá su amada en tiempos de tantas desgracias; el lugar es la Estrella, un prostíbulo en Lobos, sin saberlo el lugar del encuentro amoroso se va transformar en el encierro y final de su vida. Es el momento en que le disputa a la muerte y le gana unas horas más de vida. Los brazos de la mujer son el refugio y el solaz del guerrero, solo va a beber de elixir de la vida. Pero, nada no hay sortilegio capaz de romper la tragedia. Un griterío de milicos, caballos y espuelas recorre el corredor de las habitaciones. Sabe que vienen por él, es tiempo de huir, con un cuchillo chico entre los dientes, y la daga en su mano derecha el poncho que es escudo, abre la puerta y hay cinco milicos esperándolos, les ve la cara tienen miedo, es una fiera herida, los mide y los ataca, caen uno por uno, no pueden con la destreza y la fortaleza de Moreira, logra ganar el patio, la vida y la muerte se juega en el paredón bajo que lo separa de su caballo, cuando intenta dar el salto hacia su vida, la bayoneta de Chirino, le va a perforar el pulmón, se da vuelta como un felino herido, y descarga sus dos trabucos, arrasándole la cara y de un hachazo le corta cuatro dedos al milico. Pero la vida se le iba irremediablemente, el relincho del bayo, rompió el silencio, luego de los dos trabucazos. La muerte había llegado y el hombre entraba al mito. Por justiciero y por las pequeñas batallas ganadas con su coraje. Desde ese día, quizás, los milicos han aprendido que se puede matar a un valiente por la espalda, total no tiene costo. Las injusticias pueden hacer de un hombre manso un guerrero imbatible, las injusticias pueden quebrar a los hombres, pero también cubrirlos de admiración y alcanzar la leyenda, la gloria de ser de justicieros, y luchadores. Son los que buscan la fuente de la vida en el amor sincero, sin especulaciones. Cuando arrecian los saqueos, cuando los hombres descubren su fragilidad, ahí está la capacidad de lucha. Herederos de estas leyendas, muchos fueron bravos, imbatibles de coraje que sólo se cubre de gloria cuando la lucha es clara como el sentido de justicia. Sin Alsina derrotado, Moreira no sería el mito criollo de coraje y redención.