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Campanadas de Bronce

No podría decir que era su primer recuerdo, pero si, se puede afirmar que por alguna razón misteriosa, extraña hizo que se quedara con esa imagen, puesto que habría otras cientos, pero no, se quedó con el recuerdo de ese momento. Guardó esa imagen, que se transformaría en un recuero de pibe, pero muy pibe. La sorpresa ha sido al momento es escribir este cuento, que como un lazo mágico de tiempo terminaría por unir, atar, sacar de ese lejano lugar de la memoria aquel recuerdo pretérito y en circunstancias no explicadas o talvez, sí. Pero cierto es que allí estuvo depositada, como esas cosas de la pequeña existencia que son para siempre, en los breves momentos los hombres. Las trajo a la actualidad el momento en que sonaron dos campanadas como un rutinario sonido pero de adiós definitivo. Tenía algo de mágico, siempre montado en su bicicleta con cuernos de cabra, y esa habilidad para subirse o bajarse de ella, sin esfuerzo y con destreza artística. Lo vio llegar aquel día, trayéndolo envuelto en el brazo izquierdo, de pronto se bajó de la bici, con algo de torpeza, es que el cuidado estaba puesto en el extraño objeto que traía cubierto con una especie de paño. Terminó de atravesar la puerta de entrada, subiendo unos rudimentarios escalones que conducían a una también rudimentaria galería. Mientras que con la mano derecha manejaba la bicicleta desde el centro del manubrio, maniobrando la rueda delantera, para finalmente apoyarla con cuidado en la pared que daba al dormitorio principal y bajo de la ventana. Ella lo vio con el paquete y rápidamente pregunto que era. Compré este reloj en el remate de los Fuertes. Dijo con firmeza, esperando el reproche, que no se demoraría. Siempre comprando antigüedades, porquerías, y otras tantas cosas. Pero él, estaba feliz de tenerlo. Vaya uno a saber que motivación profunda, que encuentro tan propio había ocurrido, quizá una atracción de otros tiempos, lo llevara a traerlo con entusiasmo. Ahora era parte de su vida, como un objeto personalísimo. Aunque fuera para la familia. Los Fuertes, era una de las familias rica del pueblo; que por alguna razón habían decidido irse a vivir a otra ciudad. Es que luego del a muerte de los padres, y el casamiento de varios de los hermanos, la niñas, es decir las mujeres solteras, habían decidido otros destino más citadino para su vidas. Entonces pusieron en venta la casona y todas las cosas que ya no se iban a llevar. En esa suerte de barata, él encontró a aquel reloj de pared, que lo trajo portándolo como a un bebe, y que lo iba acompañar por el resto de sus días. Fue colgado en el lugar más importante de la casa; como corresponde a un objeto de cierto lujo. Eran los tiempos en que los hogares humildes de los trabajadores, comenzaban a poblar sus sencillas casas de artefactos, de electrodomésticos, las primeras heladeras, la cocina a kerosene, la estufa de seis velas, los muebles de dormitorio, las caminas provenzal para los pibes; todo ello conformaba un universo nuevo, era un tiempo también nuevo. Las habitaciones eran espaciosas pero rápidamente se llenaron con las flamantes adquisiciones. Los pisos de pinotea, y los sótanos que hacían de caja de resonancia, vibraron al rito del motor de la Marshal, y las campanadas del Reloj, que fuera colocado, en el lugar más importante de la habitación. Campanada tras campanadas, se surcaron los años, las primeras insinuaciones amorosas y también ese desencanto que son como los juegos que te enseñan porque duelen, pero que sin embargo no son definitivos. El reloj, indicó las horas de desvelo. Pensar, y quejarse son las cuatro y advertir quizá entre dormido, que la cuerda en cualquier momento lanzaba una campanada. En las noches de inviernos tan frías como silenciosas el reloj, indicaba que a las cuatro de la mañana, él ya se había ido. A lo lejos se escuchan los movimientos de la máquina del ferrocarril, y los cortes de los vagones que se disponían en la formación que partiría a siete y diez, rumbo a Plaza. Los años pasan inadvertidos, para los humanos, e indiferente para el reloj. Él era el único que lo tenía en cuenta, o mejor dicho, todos lo miraban de soslayo, para ubicarse y saber con justeza que hacer y qué tiempo le llevaría la acción. Pero claro es que fue él quien por más de sesenta años, todas las semanas abría ritualmente la puertita y enroscaba la cuerda del reloj y de las campanas. El tiempo transcurría con indiferencia, pero su paso que si bien era medido en horas, días, meses y años, fueron poblando de alegrías, tristezas y dolores. Fue así que ella, enfermó, y sus largas noches, se acompañaron de campanadas indiferentes. La presencia de los hijos, y los nietos alegraron, pero no pudieron lo imposible, detener la marcha; la casa se hace vieja, los viejos se hacen ancianos; y el reloj impertérrito, avanza, alimentado por la mano experta que con la venas que la atraviesan desde la muñeca hasta los nudillos giran en el sentido de las agujas del reloj, hasta tensar suavemente la cuerda que le da vida y sonido. Alguien llamó: él está caído, una presunción de desgracia sobrevuela el llamado. Él yace caído, nada hay que hacer. Comienza el trajín de avisar, de llamar a los médicos que certifiquen, a la casa de sepelios, llegan todos, con premura y finalmente, los expertos lo ponen en la camilla, los pies hacia adelante y al momento en que cruza la puerta el reloj, lanzó dos campanadas de adiós y bronce.