Desde este lugar te chamullo, ya que no se trata de hacer un programa de radio donde un punto te dice, lo que vos ya sabés. Porque si sos tanguero, tenés claro como tocaba Cobián, y las letras de Cadícamo, después de haber escuchado a Troilo, con Fiore, o con el Polaco, que te voy a decir que valga la pena. Quién puede pensar tan trágicamente como Discépolo… todo eso vos lo sabes, te la han contado lunga, los troesmas tanguero. Y vos solito has descubierto otras menesunda de la vida que valen la pena o duelen como una corona de espinas. Para hacer un programa de tango, me parece, que se requiere de algo más que cachar un libro de breves historias tangueras y así nomás sin más compromiso que hacer lo que se sabe, hacer sin atrever a traspasar ese umbral que es el propio tango. A la revisión hay que atreverse, siempre entraña riesgos. Quiero, contar un tango de hoy. En tiempos en que se corre para llegar a ningún lado, o a lo sumo, para poder comer más o menos salteado. Los gobiernos, los buenos, se empeñan en que vos corras, que te desveles por tener, el sistema funciona como una máquina que no para por que vos, sos la fuerza que corre, corre, corre. Cuando la cosa está ordenada y te cuentan que ese es el orden natural de la vida, es más fácil, aunque sea tan injusto como el vivir en una rueda de la que nunca se sale. Cuando era pibe, un día me dijeron mirá las ardillitas, y vi que eran unos ratones blancos, a los que los metían en una especie de pecera, con viruta en el piso y un rueda colgante, entonces el bicho se subía a la rueda y camina corría, para no ir a ningún lado. A veces, me parece que todos estamos corriendo en un rueda colgante que no nos lleva a ninguna parte de verdad. Cuando te subís, te dicen dale pibe vos podes, vas a ser bueno, corre, que en la próxima vuelta vas a tener… Y ahí, la primera alegría, con el primer desencuentro, toda tu vida será correr para tener. Tener, tener, tener, comprar, comprar. El corazón que se te sale por alcanzar ese cosa que promete que si la tenes, la felicidad se te rinde a los pies. Este programa tanguero, quiere o pretende batirte la justa, una justa que no es la verdad, pero que tiene la honradez de decir que como es la menesunda de la vida. Con el dolor de tener poco y no ser nada, y con el tener mucho y ser menos aún. No es que este punto tanguero se agarre de Discépolo para hablarte de la tragedia del vivir, no. Discépolo y su tiempo vivieron la tragedia porteña. Se habían caído de los barcos, perseguidos por la miseria, los espantos de las guerras y a los otros, a los de aquí los habían arrinconado dispuestos a la masacre. El tiempo de la tragedia discepoliana comienza con la celebrada frase “hay que cambiar la sangre” y la cambiaron los malditos. Entonces nos hicimos herederos de la conciencia de la hambruna, la pobreza, del arrinconamiento y el exterminio. Pero sabiendo todo esto, lo cantamos con un tango, con mil tangos, pero la música se nos fue apagando. Discépolo paso a ser un profeta olvidado, o en todo caso, un poeta rantifuso, perdido en el tiempo, que se lo recuerda por la prepotencia de su canto. Y la valentía de su vida, él se abrazó a la cruz. Pero, hoy, quién le bate a Dios, las miserias que permite, dónde están los hombres desafiantes que le digan al creador: No quiero creer que vos seas la justificación de toda esta fulerías, no quiero aprender de tu pasión. Tu sacrificio fue duro, extremo, pero corto. En cambio, los pibes que nacen sufren toda su existencia, sin ni siquiera salvarse a sí mismos. ¿Es verdad que prometiste salvarnos, liberarnos, pero cuando? ¿Cuándo? Ya los pibes ya no preparan la venganza. Mientras tanto la rueda sigue girando, y vos corres, no tenes tiempo para pensar, el que se baja pierde. La sortija es la promesa de una vida abundante, pero en la próxima vuelta. Tenes correr para comer, tenes que comer para correr, y si un pedazo de algo te sobra es para tener. La rueda yira, yira, el mundo yira y vos seguís corriendo sin saber para qué. Me atrevo a hablarte desde aquí y ahora, desde esta mirada que quiere desafiar al destino, al destino propio por lo menos, que se pueda tener, aunque mas no sea al alcance de la mano la elección de la forma en que se quiere vivir. Hablar en tango es todo, pensar tangueramente es tener la ilusión de que algo mas es posible. Es querer salirse de la rueda que no nos lleva a ningún lado. Es bailar un pensamiento triste, que acompañarse de un sentimiento cálido, que se abriga en una tutela amorosa, que le abre el camino a los pibes, afuera de la rueda. Es desafiar a Dios para que nos diga, que él no está en la punta de toda justificación de tanta miseria y postración. Pensar en tango, es no pensar en la resignación “del que es fuerte y tiene que cruzar los brazos, cuando el hombre llega”. No, ese punto apenas pudo describir sus postraciones y su impotencia. Rajate de la rueda, no se puede admitir el hambre, ni la injusticia, no se debe pasar frente a los escaparates de la opulencia son los zapatos gastados y no ver ese infierno mistongo al que nos sometemos. Como dice Dicepolo, en tormenta “Dios no me encandiles que necesito luz para seguir”.