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Los hombres nacen con destino prefijado

Los hombres nacen con un destino prefijado. Sentencian algunos sabios de letras largas, emparentados con las creencias religiosas. Pareciera, según esta afirmación, que Dios, se encarga de todo lo que sucede en este mundo, - parece que no lo hace del todo bien-, en el que apenas somos, una especie de muñecos que no tenemos más que obedecer y cuando no lo haces, inexorablemente también estas cumpliendo la con voluntad sentenciada. Es como si la predestinación fuera una corona que va a acompañar el derrotero de toda una vida. Esta afirmación puede resultar un tanto fatal, pues, no deja que ninguna persona pueda intentar aunque más no sea un libre juego, propio, mundano, fuera del alcance de la divinidad. Intentar zafar de alguna manera… puesto revelarse es afirmar el destino. Por lo tanto bien vale la resignación. A mí, en cambio, me gusta más el pensamiento Borgiano, Don Jorge Luis, postula que el hombre ha llegado a esta vida para cumplir una misión que desconoce, pero que, a lo largo del vivir, las circunstancia le van indicando, a través de distintas señales, cual es la proeza a cumplir. Es más interesante porque de alguna manera nos pone en condición de observar los signos que nos rodean, para intentar descular, la menesunda que nos toca. Los naipes, muchas veces pueden indicar o advertir, sobre los peligros se ciernen sobre los puntos que andan buscado o tratando de adivinar los caprichos del destino. Pero también con la baraja, se requiere de la mano que la distribuya. Pero volviendo sin habernos ido a Don Borges, el acto para el que nacemos, lo vamos a enfrentar. Eso sí es inexorable. No estamos obligados a ejecutar acción alguna, si por esas menesundas de la vida, no nos sentimos seguros o simplemente desestimamos el entrevero. Entonces, frente al destino incumplido, posiblemente sin saberlo el tipo se transforme en una suerte de paria que surca el tiempo y el espacio. En una eternidad sin ancla El naipe de lomo gastado y grasiento, cruza pesadamente las tablas denudas de la mesa del boliche. Ahí está el tano Domingo que se moja la punta de los dedos para recibir las cartas, de las manos de Hipólito, que ha barajado torpemente, tratando de distribuir suerte, como un caburé de vuelo azaroso. El destino y la suerte se pueden entrecruzar. Los gritos, desafiantes y los festejos ante las audacias del juego hace que las cartas corten el humo espeso de los cigarros. En una mesa, en un rincón solitario, está un hombre que piensa e intenta decir lo que no puede o no se atreve. La ginebra, aligera las palabras, la confesión, decir lo impensado pero relenta, sus salida. Hoy, en el frigorífico un grupo de laburantes, se descubrieron, las cabezas, apretando las gorras entre las manos porque el trompa, un gringo que ha llegado desde Inglaterra, les quería hablar, los hicieron formar, y debieron escuchar con la cabeza gacha. Y el tipo hablaba de su vida, de su origen de su tesón laburante, y de la guita que tiene. El destino por despiadado quiso tenerlo como testigo, pero él no lo sabía. O no supo ver los indicios del destino. También pensó, sobre la mesa de tablas desnudas del bar, que la guita no alcanzabapero… que ese hablador, el trompa, la tenía clara, habría sacado la cuenta que con lo que pagaba alcanzaba sólo para mal comer, a él y su pobre familia. Es decir para que pudieran seguir trabajando y que el hambre asegurara que no habría rebelión. Y además, lo pensaba sin pasión, el nuevo hijo se acaba de anunciar, en vez de ser una alegría, era una nueva boca que alimentar; él y los demás laburantes estaban aportando sus hijos para el mismo puesto, de pobreza. Apuró la ginebra. El pensamiento se volvía denso como el humo del ambiente, tuvo ganas de gritar que todos estaban en su misma condición, pero parecía que la mayoría no protestaba y hasta se los veía contentos. El haz de espadas cortó el aire y fue en ese momento en que pidió permiso para hablar. El naipe fue el signo intuido para decir lo debía, que esa vida no era justa; que lo que se ganaba no alcanzaba para nada; que alguien se embolsaba la de todos, y que sólo repartía migajas… El silencio se hizo tan hondo, que cada palabra suena como un badajo aporreado, llamando con urgencia a una causa que no termina por definirse. Renunciar a ese encono era renunciar a la lucha o a la vida; eso lo sabe, lo que no sabe es que esta jalonando un antes y un después en la vida de esos laburantes. Terminó de hablar, con simpleza y se despidió, sin alharacas. Los muchachos continuaron en sus juegos en sus copas, pero algunos versados en esas menesundas, reconocieron la justeza, lo propio de los dichos y hasta adhirieron en soto voce. Pensar en reacciones rápidas y justas no es de la vida real. Los procesos suelen ser más largos, pero los signos suelen ser elocuentes, cuando el adentro y el afuera están en armonía, es el momento de la justeza. Es el momento en que aparece el signo con más nitidez. Renunciar a hacer lo que se debe es una torpeza. En el tango no hay expresiones de rebeliones, hay pensamientos que se bailan, se busca la armonía del adentro con el afuera, se abraza la vida, es el remanso que la hace plena. En el fuelle suena vibra una melodía que llega al pecho y despeja el pensamiento.