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Y… el ingenio no es de manual. Los boludos, sí.

Hay hombres que se empeñan tozudamente en hacer todas las acciones de su vida con una fórmula que usualmente no da los resultados que esperan. Pero la falta de alcance, de comprensión hace que no se les plantee otra opción, que no sea repetir hasta el cansancio la misma cantinela. Desde luego, se quejan amargamente de su suerte o de los encontronazos poco felices que le da la vida. ¿La pregunta es porque creer que hay una sola manera de pensar el mundo, de sopesarlo, de entrar en conflicto con todo lo pensado y creído, si los resultados nos muestran que somos como una calesita vieja y desteñida? ¿Es acaso una forma de ser? El tío que cree que hay un manual de la vida, con todas las respuestas elaboradas y que se debe vivir apegado al mismo, que no se puede ni debe salirse. Claro es que esa pobre forma de vivir brinda ciertas seguridades hasta que, a la hora, en que por razones no explicadas en los manuales, los abismos se producen y como debe ser, en forma inesperada. Casi impropia, diría mi amigo, el hombre de la vida muy codificada y ritual. Porque esta rigidez de conducta, al tipo lo acompaña a lo largo de su vida, piensa de una sola forma y para todo igual, hasta las más íntimas. Imagínese. Es asunto es que mi amigo, un día rajo para la milonga. Como lo hacía siempre. Bien plantado, luciendo todos los atributos que un hombre debe tener. El pelo corto, con gomina, las rayas tan pronunciadas en los lompas, que podrían cortar a alguien a la pasada, los zapatos un espejo; portando además un dejo de hombre triste, que involuntariamente exhibía; esa parte de su imagen nunca la había tenido en cuenta, porque como él era un hombre de modos convenidos, la tristeza no era parte de los atributos. Esa noche la milonga estaba linda, Cuando llegó, varias parejas danzaban unos tangos fenómenos, tranquilos, sin mucha exhibición, y la orquesta se lucia con modestia. Como de costumbre, campaneo el feite, algo le dijo que esa noche sería diferente, y medio que la iba de taura… Pero siempre observando y con las limitaciones que hacían que la conducta no fuera reprochable. Se acodó brevemente en el mostrador, y sin pedir que tomar, vio entre las atenuadas luces, una mina, de pelo negro, morocha, la vio hermosa. Casi, que hasta tuvo el arranque de arrimarse a la mesa saludarla y sacarla a bailar. Pero un miedo interior lo paró al instante, y ¿si la mina me dice que no. ¿Qué hago?; Ahora sí e, con la duda en el bolsillo de la zurda, pidió algo fuerte. Volvió a mirar y se encontró con la respuesta unos ojos negros, de increíble brillo. Omití decir que mi amigo, era buen bailarín. Eso le daba cierto hándicap, muchas veces había ganado en el baile perder irremediablemente despúes. Hizo un gesto con la cabeza medio, saludo, medio te invito a bailar, que fue correspondido, con cierta gracia. Ella tenía un vestido verde que contrastaba magníficamente con el color del pelo, y el mate de la piel. El pelo lacio, cortado como en líneas rectas, caía pesado y brilloso. Se dirigieron a la pista, ella desplazaba que parecía no tocar el suelo, montada en unos tacones muy altos que terminaban por tornear las piernas. Con el promesa de cortes y quebradas. Se pararon frente a frente, casi tocándose la punta de los pies. Solo una sonrisa tenue se dibujó en el rostro de ella, mi amigo portaba una seriedad de formalidad absoluta, la miró. Pero no pudo ni siquiera responder a la sonrisa que le habían regalado. ¡Era un pedazo de mina, que ni en sueños la hubiera imaginado! -Se dijo- entre sorprendido y temeroso. Con la seguridad que le daba saber bailar, lo tranquilizaba, a ver si en una de esas, se le daba. Creo que me caso ¿Cómo no te vas a casar con una hembra así? Fue el momento en que la orquesta arrancó con Bahía Blanca, de Carlos Disarli. El estiro su brazo izquierdo y abrió el derecho para tomarla del talle. Ella se entregó sin dudas, las manos pundonorosas de mi amigo, acariciaron el escote de la espalda y advirtieron una piel tan tersa, tan suave, y fresca que la sensualidad se trasladó a la punta dedos. Bailaron, mucho y bailaron bien. En la cabeza de mi amigo, las frases deban vueltas y se estrellaban antes de salir. No podía, ni debía decir algo inconveniente, se exigía alguna frese ingeniosa, pero la cabeza del pobre estaba acostumbrada al manual. Y el ingenio no es de manual. Cuando la música se detuvo, ella, muy simple, le preguntó cómo se llamaba, mi amigo sintió vergüenza, porque a partir de ese momento todo le dará vergüenza. No, no es un boludo. No tiene la culpa de llamarse Evaristo. Pensó rápidamente en cambiar o decir otro nombre, la cabeza era febril, y terminó diciendo Evaristo, con vos apagada y culposa. _AH, pero tenés nombre de poeta, le dijo ella con soltura, propio de las minas, que ya se había dado cuenta que ella manejaba el diálogo y la situación. _ Si cosas de mi viejo… Tenía berretines poéticos… _ ¿y Vos. También sos poeta?, digo coqueteando. _ No, no dijo él, con algún grado de convicción, como para llegar a un terreno firme. Yo me dedico a laburar. Enfatizó. Le descolgaron una pelota en el área, lo único que tenía que hacer era empujarla a la red. Era un pase a la red, como dijera el maestro Menotti. Y no, la mandó a lo más alto dela tribuna. Ella se dio cuenta, de que mi amigo estaba sufriendo, porque había junado que el flaco estaba de rodillas, que la deseaba, pero, no se lo permitía. Él hubiera querido decir que síiii que era poeta, y que se sabía todos los cuentos. Pero no, no pudo articular palabra, no ya seductoras, no pudo hablar. Mi amigo se mostró como un boludo de manual. Ella tuvo piedad, no se fue, cosa que esperaba mi amigo, que ella le dijera que debía ir al baño. Tan natural. Y no. Se quedó y arrancó el segundo tango, y el baile, él fue a empatar el partido que ya estaba perdido. Como siempre los hombres de manual, comenten una torpeza, que nadie supo, pero, lo dejó solo en medio de la pista. Y su traje negro se puso color carmesí de la vergüenza. Todo él era una llama… Por eso digo del riesgo que implica, intentar tener una fórmula única para resolver los problemas y los deseos. Si la mina te da calce y encima en el tango te defendés bien, debes ganar, porque no hay forma de perder. Quizá se hubiera ido con la mina, hubieran tomado un café, talvez se miraran a los ojos y en la tristeza de los ojos de mi amigo se hubiera permitido el encuentro, con esa formar maternal que siempre llevan. Y entonces, quien te dice, un juego de sutil de piel tersa se hubiera dado. Pero mi amigo es de manual. Pero no, mi amigo es de libro, es inmutable, el próximo sábado, se enfundará en la picha del gotan, recorrerá el feite, se acodará en el mostrador y si algo aparece lo sacará a bailar. Seguramente la buscará con cierta desesperación y lo hará, noche tras noche, pero jamás, nunca ese encuentro se repetirá