LOS PORDIOS Y LOS DESCREÍDOS Multitudes caminan errantes, como detrás de un sueño, que alguien soñó; El sueño es incierto, nadie sabe quién lo soñó, pero todo hace suponer que es el mismo prometió, que si se hacen las cosas que es menester realizar, la felicidad caerá a borbotones sobre las cabezas de los pobres y de los ricos, pues ellos también deben ser alcanzados por la dicha y la felicidad, es que no se compra con dinero, sino que se obtiene con sacrificio; es el mismo que promete algo, indescifrable, misteriosos como el don mismo de la vida. Las gentes creen. Creen el rayo de luz, que desde lo alto del cielo vendrá, o caerá sobre la faz de la tierra y terminará por alumbrar todo, y a cada uno en particular, cada uno tiene un sueño, pero no importa el sueño ajeno, yo soy el primero –se musita íntimamente- ; entonces las pústulas duelen menos, o dejan de dolor y se sana… Desde los alto parlantes, se anuncian con precisión las nuevas, nueva que significan la alegría de un mundo que viene. Son los alto parlantes y sin embargo están los que creen que se trata de mensajes celestiales. La heridas no seden, los pies se ampollan, la falta de aguas y el sol ocre, hace desesperante el camino; pero el consuelo es que pronto se llegará a la dicha de un vida plena. A lo lejos se escuchan rumores, protestas, es como si la incertidumbre se hubiera corporizado, y la esperanza cediera ante lo inevitable. El cielo no habla. Nosotros caminamos junto al Garza, que está sano, pero enfermo, si, sano pero enfermo de un mal extraño, quizá sea el mismo mal de todos, pero en su caso, es muy acentuado, le han salido gruesas heridas que se cicatrizan al momento dejándole la cara como un mapa orográfico. Su mal es interior, como todos los males, -dicen los que saben- ninguno es de afuera propiamente, siempre hay contacto entre el adentro y el afuera. En este caso el Garza, quiere sentarse en la mesa en la que se decide el rumbo del mundo; pero el pobre no se ve a sí mismo y mucho menos en las condiciones en las que se encuentra. Nos lleva, nos empuja desde sus escasas fuerza, pero el brote de piedad hace que no podamos resistirnos, es una locura todo es un locura. El que no se tiene sobre sus plantas, pretende ser parte de la mesa de las decisiones. Y nosotros por piedad, y de amigos lo levamos, de amigo es mi caso porque Margarita es su compañera. Y quizá sea parte de su dolor y enfermedad, solo quizá. La luz promete y la curación parece inevitable, pero hay que caminar, y nosotros lo llevamos al Garza, porque a pesar de todo es amigo, y uno a los amigos no los deja tirados. Hay que llevarlo para que se cure. Pero para uno, la mujer del amigo no debe ser mujer. Pero lo es. Una vida que se trajina en este desierto, pero hay que llegar para curar las heridas y las llagas hediondas de pus. Es el acto central. Todo el mundo espera el milagro, los que ganan el pan, los enfermos, todos van en procesión curativa, sin hechicero, ni mano santa, solo la fe en que el cuerpo inconsciente de la marcha nos encontrará nuevamente en la senda de una salud vital. El cielo ríe, sonríe, no hay carcajadas porque el cielo es educado, no se puede reír de nosotros los caminantes, que arrastramos los pies, sintiendo el olor a las pústulas de nuestros agonizantes. El cielo es cosa se sería. Falta agua, no se puede compartir las botellas, porque la enfermedad se contagia fácilmente. Pero yo no lo creo, porque la enfermedad de Garza debe haber nacido con él. Si, con él, de pibe nomas ya aparecía reacciones que no sabíamos a que se debían, pero que estaban. Uno es amigo, y como tal debe comportarse. El Garza siempre decía vos sos mi amigo, pero nunca dijo yo soy tu amigo… es el Garza. Ahora ya casi lo arrastramos al Garza. El corcovea un poco pero se deja. Es una epidemia dicen algunos al pasar. Y debe ser nomas, porque no todos van hacia el mismo lugar, no, nos cruzamos con gentes que vienen del sur al norte y otros de oeste a norte, no hay un lugar de concentración dónde podamos lavar las heridas del Garza y esperar a que el cielo y el que sueña nos ponga un cacho de atención. ¿A dónde vamos?- le pregunto a Margarita-, ¿pero adónde, si el cielo está en todos lados y unos viene desde allí y otros desde más allá? Ella, sonámbula me dice a la curación. El garza ha insistido en venir al este lugar, que por lo visto no es; pero ahora, sabemos si es el correcto o no, caminamos por este desierto y no encontramos señal alguna de que estamos yendo bien, ni mal. Con el alma despojada y desolada de un peregrino, que va en busca del santuario, portando su báculo, con el que se apoya en el camino; en el que le han prometido encontrar la verdad, la respuesta a tanta incertidumbre. El hombre avanza a tientas por un camino desparejo, que en todo se le parece a la vida y a la desazón de no encontrar las razones perdidas. Es un juego de tahúres, en una mesa de pordioseros se juegan el sentido de la vida, la cordura y el destino. Los que se sientan, saben o quizás crean que es posible dar vuelta la taba y salir de mala. El tahúr te espera, con bigotes afilados, anillo chevalier, de oro y brillantes en el dedo meñique, una boquilla de nácar y oro y, el pitillo que más que fumar te muestra el vuelo en las bocanadas sutiles del humo y el olor a tabaco fino; que como todo humo te crea la sensación de que es posible y que es verdad. Es verdad, en la mesa hay igualdad, pero solo en la mesa. Donde se sienta el tahúr, es el lado de los que pusieron las reglas, con el asentimiento de los otros, los que las acataron. En la mesa son iguales, pero no llegan con la misma igualdad. Mientras unos esperan, los otros caminan, mientras los unos, deciden como armar la minuta de la discusión, los que ruedan caminos llegan con hambre, sed y frustración. Nadie se cura. Solo el tahúr es el que tiene el poder del cielo. O por lo menos eso dice. Y nosotros, margarita y yo, tirando del Garza. Que insiste en llegar a la mesa. Pobre y con la salud quebrada, no sabe si busca el milagro o la decisión de mandar. Es el Garza… Concurren a esa mesa los que piden por Dios, y los que lo niegan. Todos van a cumplir con ese obligado pacto, algunos alegres y creyentes, creen en el dinero y tienen la certeza de que son ellos y que el cielo les pertenece por que lo han tomado por asalto; los otros desanimados, buscan a Dios que como les han enseñado habita en el cielo de los pobres y menesterosos, pero hay un solo cielo. Lo que no quiere decir que crean o no en el convenio que representa la justicia divina, están obligados a someterse, sino, de que han servido tantos esfuerzos si al final no hay recompensa. Los resultados que se esperan, están acaso tan lejanos como inaccesibles. En la mesa en la que están sentados todos, algunos, los más estrafalarios intentan imitar a los que no creen, porque son ellos los que difundieron el relato de la creación del mundo y del pecado, son los que tomaron el cielo, y serenamente saben de qué se trata. Los ignorantes imitadores con un ropaje más remendado y colorido que el de un arlequín. Con un anillo de lata y un colgante de chapa, con cara de loco con hambre, se sienta, no le está vedado. No obstante, siempre hay guardias dispuestos al orden y a las órdenes. En la mesa se lanzan los temas a discutir con un cubilete de dados, que no hace falta que estén cargados, puesto que la trampa es sistémica y consiste ni más ni menos que en sentarse. Las cuestiones a discutir son aleatorias, de manera que da lo mismo un tema que otro. Más nos obstante la restricción es tal que solo se discute con pasión y premura el reparto de comida. Ya no gratuita, dice un descreído que; en algunos casos se continuará de esa aclara manera –aclara-, luego de una auditoria al hambre. Porque es necesario auditarlo. Se necesita saber si es verdadero o no. El debate transita inevitablemente, por lo que los por Dios, llaman, el acceso a la comida, mientras que los que lo niegan a Dios, dicen que no hay suficiente. La situación se torna tensa. Los estrafalarios creen que el secreto y la solución, se encuentra en las puertas del paraíso. Creencia por la cual, dejan de pertenecer al bando de los pordioseros y se pasan a los descreídos sin cortapisa. La vida fluye y el hambre también. Llegan de todas partes, algunos cansados, otros obligados y la mayoría descreídos. Es como un andar de fantasmas por una casona que antes les fue propia. Pero que inexplicablemente se ha transformado en un territorio extraño, y sin embargo es fácil encontrar en el lugar, los objetos con que todos los Pordios se identifican. Antes, en otros tiempos, se llegaba el lugar era como entrar en una aguada, no digamos paradisíaca, pero al menos era un lugar de reparos y decisión. No sé, -se pregunta y afirma más de uno-, como es posible que hayamos perdido el rumbo de semejante manera, pero lo hacen en voz baja, casi imperceptible, no es por miedo, los descreídos saben que esos pensamientos son tan inocuos, carente de todo peligro, la rebelión jamás se hace en voz de secreto. Es eso que los enemigo del sistema llama opresión. Es el proceso por el cual la protesta no es más que un rumor, que no prospera y que solo alcanza a expresarse a media voz, acaso imperceptible. Cuando la opresión es correcta, -dicen los que saben- es porque se ha logrado poner un milico en la conciencia de cada uno. Mientras tanto, con Margarita, empujamos a un pobre humanidad, la del Garza. Que ya no resiste, pero que sin embargo en sus pequeños gritos guturales indica que me quede con Margarita, que la cuide… Una tristeza de culpa me acongoja. La miro, ella está, en silencio y como ausente. La tarde se pone más ocre y el sol menos punzante. La muerte rueda inexorable a nuestro alrededor las jarillas espinosas, se parecen a la corona de un cristo perdido en el desierto de las almas anónimas, que buscan las puertas del cielo, de ese cielo que dicen es un paraíso. Suenan tiros a lo lejos, sobre las barrancas profundas y cubierta por jarillas, resuenan como el eco del castigo. Todo ha fallado dice el tahúr, mientras enciende una cerilla. Todo ha fallado y ahora vienen por nosotros. No pudimos cumplir y ahora nos arrojan al desierto de las almas en penas. El ciclo comienza y termina en los desencuentros de la mesa de los dirigentes. Y yo, con Margarita arrastrado al muerto en busca del lugar del descanso. Pero el ocre sol, de un atardecer que no anuncia la noche, sino que la noche misma es el ocre. El cielo se ha negado al de la corona de espina, y yo con Margarita, con la culpa del amor y el engaño.