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En la espesura del tiempo. Mi amigo Juan

En la espesura del tiempo se acumula la vida pasada, sus protagonistas, sin advertir que en el presente como fantasmas errantes, nos alcanzan desde la niebla de los recuerdos. Junto a ellos las sentencias definitivas que marcan como guías infalibles el andar de cada día. Todo aquello ya entró en la categoría mítica, por lo tanto es inalcanzables, incuestionable desde las críticas e inmodificable por la acción y sin embargo ese pasado nos sigue condicionando, nos sujeta a formas que siguen siendo seductoras. El pasado de contorsiona en la figuras evocadas, dentro de una niebla imprecisa, fantasmal e inocua, sólo se puede llegar a ese tiempo, con el esfuerzo del recuerdo y con los asaltos que nos sorprenden situaciones que parecen ya vividas. Mi amigo Juan Barrientos, tenía de pibe una sonrisa socarrona, un día de travesura dio un salto que pretendía ser ornamental en un agua poco profunda y perdió la vida absurdamente, en una mezcla de proeza al dope y goce trágico. Siempre me pregunté porque lo hizo, seguramente con despejar algunas de las capas de su vida, de hurgar en los días anteriores, quizá se hubieran encontrado las verdaderas razones para tan absurda demostración de coraje. Porque el salto estuvo preanunciado desde la sonrisa de labio a un costado. Se me antoja al recordarlo después de tantos años. Es que hay tipos que nacen en un tiempo equivocado y los terminan llevando cuando uno menos lo espera. Son distintos. También me pregunto del porqué de esa sonrisa socarrona, porque no era un tipo que se lo pudiera considerar fanfarón, no era, un pibe de fondo bueno. Pero esa sonrisa significaba algo que no comprendíamos y quizá ni el mismo lo supiera. Era el dibujo que el destino le ponía para que en algún momento se lo reconociera como el hombre que iba a encarnar vaya a saber que conato definitivo. Pero se lo llevaron… no debería ser de este tiempo. No sé porque que me acuerdo de mi amigo Juan, y de su sonrisa y su muerte extraña y desconsoladora; seguramente porque al hacer el ejercicio de la memoria, caprichosamente me salta estas ganas de decir que los hombres de antes eran más hombres. No más varones, no, se vestían diferente, se paraban diferentes y parecían herederos de una gleba de guerreros indómitos. Capaces de blandir la espada por una causa que requiriera coraje. El maquinismo les hizo apearse, y se transformaron en peones industriales, mientras los gringos con otro coraje, levantaban edificios haciendo molduras capaces de acariciar el cielo. Mi amigo hubiera mantenido esa sonrisa, como otros mantenían las mirada torva, algunos parecía que siempre estaban a punto de estallar. Otros, parsimoniosos de andar suave, acaudillaban sin remedios, naturalmente eran los que mejor sabían trabajar, luego estaban aquellos que, cuestionaban permanentemente el porqué de tanta pobreza, si al fin y al cabo eran ellos los que generaban la riquezas. Aseveraban con el saber inacabado del que aprende solo. Entonces se caían por esas bibliotecas casi clandestinas buscando con la misma fuerza que se forja el alma de hierro, la organización que pudiera dar vuelta la cosa. Así se fueron preparando para que la organización fuera la herramienta que permitiera salir de pobres. Cuando llegó el momento, la inmensa mayoría no dudo en reconocer a quién había asomado a la vida pública, portando el estandarte de una vida plena de derechos. Con él al frente se podría comandar el lote. El tango nació de esa conjunción social, mezcla de escolazo con pobreza, de riqueza vejatoria y humillante, con rebeliones aplastadas. Y lo hizo como respuesta al momento en que la oligarquía del 1880, generadora de oprobios y heridas sociales, tallaban impiadosas, generando miseria sobre todas las capas populares Fue entonces en que las mujeres jóvenes -las milongas - huían del convoy, para ir a los cabarutes, y como decía Enrique Cadícamo, “Triunfás porque sos apenas/ embrión de carne cansada…” Quizá desde el dolor que no poder amar por no tener. Mientras otras envueltas en percal, se van a convertirse en fabriquera, lavanderas o costureras, Hoy al chamullar desde este lugar, se me hace difícil de encontrar al hombre, al arquetipo social, a la figura que represente ese ideario, no de estatua, sino de quién acaudille la lucha por las reivindicaciones, porque ya es lo mismo que sea varón o mujer, ellas también son capaces de luchar con el coraje necesario, para romper, de poner su hombro junto al del compañero. Y volver a discutir quién comanda el lote. De las derrotas no se vuelve indemne, delas derrotas no se vuelve. En el mejor de los casos se aprende. El tango, es mucho más que melodías y hermosas letras, con los que se sueñan acompasados bailarines. Es un mundo que es testigo de las humillaciones sufridas. Es desfachatez, insolente, que dice lo que nadie quiere decir. En el tango los protagonistas de verdad no son los ejecutores, no los poetas que cuentan las historias del dolor, Los protagonista son los que danzan, son lo que se ensueñan bailando sus tristezas y dolores. Una vez le dijeron a Pugliese, que su orquesta expresaba a los trabajadores peronistas, al obrero del Gran Buenos Aires, y el con cierta desconfianza ante la afirmación dijo, pero si yo estoy en las antípodas del peronismo. Ud., lo estará, - le contestaron- pero sus tangos y su manera de interpretarlo, se han convertido en una expresión de los barrios orilleros. Los muchachos los bailan con la misma pasión desafiante con que ud., ejecuta. Al chamuyar desde este espacio, no me resigno a no tener a hombres y mujeres valientes del otro lado, los jovatos como yo de esto sabemos, pero ponemos una posta, para que aquel que quiera asomarse a este mundo estético y de coraje lo haga. El tango supone algo más, bastante más que denunciar una vida fulera. Un hombre, una mujer de tango, serán la expresión del coraje definitivo que necesitamos. Sin confusiones fuleras. Será como decía Leopoldo Marechal, es el momento en que la constelación de Orión nos preste la daga desempolvada. Quizá mi amigo Juan fuera el también por coraje y redención un tanguero pleno.