Es tiempo de pegar la vuelta, hacerlo sin penas, y con la alegría que da la promesa de volver. ¿Volver a dónde? Es la pregunta que sentencia la irredenta aventura del viajero. Se vuelve, siempre se vuelve, muchas veces en sueños, otras en recuerdos a los afectos dejados, pero jamás abandonados, aunque el tiempo pase y se acumulen polvos de otras latitudes en las conciencias desvalidas del exilio, se mutan en nuevo fragmento de tierra propia y ajena; se vuelve porque las imágenes persisten caprichosamente, como la inevitable gota que golpea incansable y con la rítmica medida. Es que, al partir, una parte de uno mismo queda en el sitio, en el suelo. ¡Quién ha dicho que solo las plantas tienen raíces! Retornar, al lugar definitivo y efímero al mismo tiempo es el mandato, la sentencia de la tierra y su espíritu. El lugar desde dónde se partió y al que ahora toca llegar. Volver para mirar de frente, para sentir nuevamente ese suave viento, brisa, que te inunda la cara y reconforta; regresar para recorrer los suaves aromas, los sutiles colores que desgrana la luz tenue de mi terruño. Retornar, mirar los gajos vivos de los árboles que poblaron la ilusión de la sombra prodigiosas, los sueños del amor que crecían con ellos; que el tiempo caprichoso y absurdo que no tiene pasión, ahora con indiferencia festeja la vuelta. Ahora se conjugan para decir es tiempo de que llegaras. Ya no aguantábamos más tanta ausencia y extrañeza. Miro sin ansiedad, recorro con los ojos del tiempo y con el dolor de reconocer los que se dejó, lo que abandonamos sin creer que ese viaje, que esa partida iba a ser tan corta como contundente. Te miro paisaje mío, te reconozco, me sigo identificando con mi lugar, el que ha sido definitivo, aunque no lo hubiera sabido en aquel momento. Ahora sé, que ahora que es para siempre. Aunque te recuerdo, con el candor de tiempos infantiles, con el influjo de pensar lozano, de creer que había inventado la vida. Que la historia comenzó cuando nací. Debo confesar que nunca lo pensé, simplemente viví creyendo que el mundo nos pertenecía y un poco sí, porque era nuestro y mucho no porque era muy ajeno. Vuelo con mis valijas, cargadas de saber amargo y dulce, por el aprender y vivir. Todo lo vengo a re sembrar, en este tiempo, aquí y ahora. Pero no puedo, no debo cometer el error, nuevamente de desconocer los existente, y creer que mis pobres maletas portan la vida verdadera. Te reconozco terruño mío, a pesar de mirar tu estado y apenas reconocerte, reconocerte tan solo por la disposición de los árboles, tal como los planté. Ellos no se van. Resisten y ahora que, en este juego fatal de molinete, se produce l milagro de volver a identificar los olores y la luz, es lo que hace que me sienta feliz, con el candor prevenido, del que ama con reparos. Aquí, este lugar mío, con el primer encuentro nos festejamos, llegando sin saber cómo explicar ni el cómo ni el porqué. Solo estoy para que comencemos la tarea de reconstruirnos. Sé que nada puede ser igual, ni siquiera parecido a como lo dejé, pero, me conformo con reconocernos. Terribles manos pasaron como un huracán devastador. Luego cayeron las desgracias con las formas de lluvias, las malezas que indomables avanzan y todo lo cubre, las alimañas que en su momento supimos tenerlas a raya, terminaron por copar. Las desgracias que hoy advierto, me hacen sentir que soy un poco responsable, creí en las mieses de otros horizontes, creí ingenuamente que aquí quedarían para siempre los de siempre, pero no, no quedaron porque como las malezas que avanzan, los años y la muerte se conjugan para que no esperaran. Partieron, pero, sin embargo, dejaron el legado. Luego vinieron otras manos más desbastadoras que los vientos, las malezas y las lluvias, llegaron impertérritos los cuentos de otros horizontes, dónde todo es alegría, y la paz y los dolores no existen, ¿ha que quedarse aquí?, si el futuro es tan incierto como enajenado; allí donde puse mi proa y mi fe y esperanza al mismo lugar, que ellos los que vinieron, a ocuparnos. Ellos los prometieron, implantar aquel mundo, y se terminaron llevando los más valioso de este al que vuelvo. Se llevaron todo lo que se supo construir con paciencia y tesón. Aquí esto parado proyectando mi sombra sobre el escenario de las desdichas. Sin temor, con coraje, dispuesto a poner mano a reconstruir lo desbastado. Como el desafío de la vuelta, con coraje de la pifia y la ilusión candorosas del reencuentro. Nada será como antes, pero, nada hubiera sido como antes de todos modos. Construir el presente luego del naufragio, es la consigna, poniendo alegría y esperanza de no volver a ser arrasados por ningún tiempo de ilusión fatal. 6 de septiembre 2025