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Me voy Romualdo

“Muchos creen que en la Torre de Marfil habitada por los intelectuales es algo así como un fumadero de opio en uso excluyente, o un garito unipersonal para el juego de los “solitarios; y no sospechan ellos que en esas torres en su aparente inutilidad, están sosteniendo estructuras espirituales que sin ellas, no tardarían en venirse abajo”. Leopoldo Marechal Me voy Romualdo, dijo la mina echando una última mirada al lugar en el que había soñado un final diferente. Había sido su ilusión, quizá su propósito más caro y querido. Vivir un amor con intensidad y largo en el tiempo. Miró los adornos pobretones que quedaban. En realidad todo quedaba, la única que se iba era ella. Tampoco había mucho que llevarse. Una pequeña valija en su mano derecha y la izquierda tomando el pomo de la puerta que ya estaba entreabierta. No era una amenaza, era el final y la misma iba a cerrarse definitivamente tras su paso. Fue entonces el momento en que el punto, Romualdo, tomo en cuenta que se iba. Quizá hasta entonces lo había negado, no creía que eso pudiera suceder. O sucederle. Estaba sentado en la pequeña mesa junto a la ventanita, sus papeles revueltos como quien agita en ellos las búsqueda de una verdad absoluta, o la causa de tantos males que los aquejan. La miró con un dejo de desesperación, pero al mismo tiempo se quedó paralizado, lo que pareciera ser en él una conducta permanente, quedarse impávido frente a lo que no puede resolver. Es como si la muerte misma se hubiera asomado por la puerta que estaba entreabierta. Quizá entre el pequeño haz de luz se recortara el adiós, como un anticipo de lo definitivo. Los silencios de despedidas pueden ser hondos, profundos, en situaciones como esas. Él la mira, y quiere decir, que no, que no se vaya. Que probablemente se pueda superar ese mal momento que si se lo proponen todo va a ser distinto, que se merecen una nueva vuelta. Y son todos los lugares comunes, que le asaltan. Justo a él que los repudia. Ella, cual mariscal en la batalla, ha decidió el rumbo de su vida y no hay vuelta atrás. La minas son definitivas en esos momentos, los tipos, en cambio suelen verse sorprendidos por el acontecimiento. Es esa mezcla de soberbia y omnipotencia que los envuelve y como en el caso de Romualdo son sorprendidos. La puerta se cerró y los pasos ligeros se alejaban para traer una nueva situación y un desde ese momento todo se transforma en pasado al que no quiere ni si quiera pensar en volver. ¿Por qué?, se inquirió Romualdo adquiriendo una pose actoral, que de nada servía pues, nadie lo miraba y a nadie más que a él mismo estaba dirigida. - se sintió un poco ridículo- He sido como he sido, -se dijo tratando de componer su muy maltrecha figura, es que ella, nunca comprendió que la búsqueda de la verdad y la belleza, no suelen ser retribuidas con el merecimiento que tienen, y que se requiere. Más allá de la calidad estética de lo que se produzca, se debiera tener en cuenta el empeño y la posición que se asume al escribir o lo que sea que se haga, pues la poética es un arte superior e independientemente de las cuestiones que suelen rodear a los que escriben por encargo, los que hacen y pretender dar testimonio de una fuerza política tal o cual. El arte debe ser independiente sino no será nada. Se dijo, volviendo a una justificación que a él mismo ya le suena reiterativa e inconducente. He perdido mi amor, se ha destrozado mi hogar, - declama presuntuosamente- en aras de la poética. ¿Será esto también parte de los dolores que lo artistas verdaderos deben pagar por su arte? Entonces se acordó de unos dichos del gran poeta Leopoldo Marechal, que reza “Muchos creen que en la Torre de Marfil habitada por los intelectuales es algo así como un fumadero de opio en uso excluyente, o un garito unipersonal para el juego de los “solitarios; y no sospechan ellos, que en esas torres en su aparente inutilidad, están sosteniendo estructuras espirituales y que sin ellas, no tardarían en venirse abajo”. En sus pasos hacia ese mundo nuevo, un nuevo amanecer, ella se dice pobre loco, no se ha dado cuenta de que no se puede vivir sin plata, que tiene razón en tantas cosas que dice, Yo le creí por muchos años, pero al final, es el desencuentro. Toda mujer quiere de su hombre seguridad, estabilidad, por lo menos tener el bullón todos los días, aunque tenga de deslomarme para acompañarlo. Pero en algo tenes que ceder. Mientras que el señor se permite ponerse en contra de lo que le da o nos debiera dar de comer. Con alguien tenés que poner de acuerdo, si sos peronista, por ejemplo no pretenderás que La Nación te publique en el suplemente literario o que te transformen en parte de los que te cantan la justa. Y que les garpan. Bien que les garpan. En cambio los rebeldes deben de estar preparados para morfar rebeldía… Y con eso no se engorda. Se Dijo la Mina. Romualdo un hombre reñido con el éxito, acomoda sus papeles y los mete en un carpeta, sale como todos los día a recorrer editoriales, lugares, en los que pueda ser comprendido. Muchas veces he pensado, se dice, que el talento que has heredado de tus antepasados, no debe necesariamente estrellarse contra una realidad que es esquiva, o por lo menos se hace inaccesible. Muchas veces he sentido que el talento no tiene afinidad ni sintonía con ninguno de aquellos para quienes hacen del arte un acto superior. De ahora en más, - se imposta- como el viejo Carriego, sabré cubrir mis pobrezas con la sobriedad de quién porta una dignidad superior, aunque sus prendas digan, muestren una miseria que nunca es digna, pero si la actitud es la que debe prevalecer. Por ahí anduvo el pobre Romualdo hasta que un laburo lo encontró de refilón Es que jugar de incomprendido tiene sus consecuencias y hasta pudo publicar sus letras distorsionadas y desesperadas. El mundo nunca lo tuvo como centro porque para él ese centro nunca existió.